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En sus cinco días de visita, en Brasil, el Papa Benedicto XVI no se privó de hablar de nada. Abandonó por la noche del domingo el continente Latinoamericano dejando las aguas divididas entre sus propios fieles.

Aunque la finalidad del viaje era sumar seguidores a su religión, la posición rígida frente a diferentes problemáticas generaron fricción dentro de la propia comunidad cristiana.

El Papa llegó a Latinoamérica para contener la pérdida de fieles en la región. En Brasil vive la comunidad más grande de católicos del mundo. Pero en los últimos diez años la proporción de creyentes ha disminuido del 74 al 64 por ciento.

Durante los cinco días canonizó el primer santo nacido en Brasil, celebró misas en San Pablo, inauguró la V Conferencia General del Episcopado latinoamericanos y del Caribe y se encontró con el Presidente Lula Da Silva. El pontífice invocó a los fieles a vivir los valores cristianos en forma absoluta y defendió las enseñanzas tradicionales.

Lejos de la realidad cotidiana latinoamericana, el pontífice se pronunció en contra del sexo premarital y del aborto. No reconoció a las otras Iglesias o religiones y las llamó sectas y descalificó indirectamente a los que practican la teología de la liberación. Estos mensajes inspiraron a los fieles más conservadores pero excluyeron a creyentes más críticos que en su fe esperan sumar seguidores a partir del respeto.