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A 185 años de su muerte, el sacerdote Antonio Galvo de Franca se convirtió en el primer santo brasileño. Su labor ha sido reconocida por la Iglesia católica y el Papa Benedicto XVI. La canonización se celebró, en una misa multitudinaria de un millón de personas, en el Campo de Marte de San Pablo.

El sacerdote nacido, en 1739, en Guaratinguetá (San Pablo), fue un hombre devoto que dedicó su vida a ayudar, con sus consejos y guía socorría a enfermos y menesterosos.

Ya en 1798 su obra fue reconocida por el Senado paulista cuando lo distinguió como un “hombre de paz y caridad”.

Antonio Galvo de Franca será reconocido de ahora en adelante como San Antonio de Sant’Anna Galvao. Los milagros que se le atribuyen y que fueron validados, por la Iglesia, son la cura de una niña con hepatitis y la de una mujer embarazada con malformación de útero.

Fray Galvao es conocido por sus “pastillas milagrosas” hechas de finísimo papel de arroz que según sus creyentes sirven de cura para una cantidad de dolencias y enfermedades.

Miles de fieles concurren desde hace más de dos siglos al Monasterio de la Luz, en Sao Paulo, para recibir e ingerir las “píldoras milagrosas”.