Para hacer alusión al término que nos reúne en esta ocasión se hace inevitable tener que trasladarse temporalmente hacia el pasado. Pero antes de ahondar en ello, cabe aclarar que la palabra vanguardismo proviene del francés avanti-garde, la cual es de origen militar y suele usarse para referirse al sector más adelantado del Ejército. Pues bien, por su parte, la Literatura de Vanguardia sería el conjunto de productos de textos que aparecieron en las primeras décadas del Siglo XX y que surgieron, justamente, bajo las premisas del dominado movimiento vanguardista.

En tanto, a la serie de movimientos artísticos de inicios del siglo antes mencionado, se los denominaba vanguardias históricas. Respecto de los fines u objetivos que se planteaban sus impulsores, hay que decir que buscaban innovación en la producción artística, buscando reinventar el arte cotejando movimientos artísticos que lo precedieron. A su vez, entre sus características principales presentaban una renovación profunda, tanto en el contenido como en la forma, mientras que buscaban explorar la compleja e inseparable relación que había entre la vida y el arte.

Por su parte, entre sus criterios básicos, que les servían de guía, se hallaba el fuerte rechazo a aquellas normas estéticas establecidas. Apuntaban y amparaban la experimentación, tratando de buscar que el arte pueda reflejar las variantes que acontecían tanto en el plano cultural como en el campo social.

Otra de las características que no podemos dejar pasar por alto ha sido su actitud provocadora. Ello se palpaba en los manifiestos que publicaban, en los cuales se atacaba fervientemente lo que se había producido con anterioridad a ellos. En esas publicaciones reivindicaban lo lúdico, lo original y desafiaban aquellos modelos y valores que habían existido hasta ese entonces. Asimismo, en la literatura, y puntualmente en la poesía, el texto se empezaría a realizar en base a la yuxtaposición de imágenes y la simultaneidad. Se alteró completamente la estructura tradicional de las composiciones. Como ejemplo de ello, podríamos aludir al final del Ulises, obra de James Joyce.