papa-genocidio.jpgNo se puede negar que la visita del Papa a Latinoamérica dejó un gusto amargo. El balance general de su paso, por el continente, tiene repercusiones que durarán más que sus cinco días de estadía.

Lejos de generar adoración como Juan Pablo II, Benedicto XVI se encargó sistemáticamente de mostrar su desconocimiento sobre la cultura latinoamericana y por consecuencia alejó aun más a sus fieles.

En un nefasto discurso quedó registrado, para la posteridad, su posicionamiento histórico frente a la masacre de los aborígenes del continente. Según el pontífice la evangelización de los pueblos nativos no se logró a través de la “espada”, negando de está manera el mayor genocidio vivido en la región.

El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, le pidió al Papa que se disculpara por las terribles declaraciones. Y aseveró que la conquista de América puede ser considerada más grave que el Holocausto ocurrido en la Segunda Guerra Mundial. Evo Morales, mandatario de Bolivia, también exigió una explicación de los comentarios pronunciados por el Pontífice.

Definitivamente la Iglesia Católica debe preocuparse por la perdida de fieles, no es raro que con posicionamientos extremadamente rígidos, como los que postuló el Papa, la mayoría de los seguidores no se sientan representados. La fe es necesaria para los pueblos, pero una fe que nos iguale, que nos incluya, que nos entienda. Una fe que sepa de historia, de pasado, pero también de presente, que conozca el hambre de los pueblos latinoamericanos, las represiones y opresiones y las necesidades cotidianas de su gente.